Crecí en medio de la “revolución sandinista” y así, al principio, las barbies no eran sino una referencia lejana. Otros personajes eran mis compañeros de juego...
Crecí en medio de la “revolución sandinista” y así, al principio, las barbies no eran sino una referencia lejana. Otros personajes eran mis compañeros de juego. Entre ellos recuerdo a aquella muñeca del cuarto aniversario de la revolución: morenita, con su flor de sacuanjoche en la oreja y su vestidito blanco.
No recuerdo cual fue mi primer encuentro con las barbies, pero si se que eran todas heredadas. Casas rosadas desvencijadas, zapatos nones y vestidos cosidos con ayuda de mi "china", Margarita. De ellas, me llamaba la atención su figura, ese maquillaje perfectamente delineado, ese glamour y aire de sofisticación. Y, por supuesto, lo guapo que era Ken.
Pensaba que el pelo les crecía y a más de una se lo corté. Pensé que mis senos alcanzarían algún día su tamaño y solidez, y tampoco fue cierto. Pensé que podía ser aeromoza como aquella Barbie con su traje azul, y nel pastel! Como siempre me gustó comer, y fui "hermosita", me preguntaba ¿por qué no hacían barbies gorditas? ¿O es que las gorditas no podíamos ser muñequitas?
Nunca nadie me respondió, de tal manera que me inventé mi propio concepto de Barbie.
Y ahora, hace unos meses, me tocó comprarle una Barbie a Luciana, una de mis sobrinas postizas. Era una versión “latina” de la misma. En la tienda de juguetes me topé con al menos cinco tipos de princesas, chelitas, negritas, latinas, con diferentes colores de ojos, pelo y vestidos. ¡Qué bien! dije yo. Ya no las piensan chelitas solamente. Lo mismo con el Ken, los habían morenitos, con el pelo negro o café.
Sus cuerpos, sin embargo, siguen siendo irreales. Por lo menos no tengo ningún amigo o amiga que se les pueda comparar. Pero yo, lejos de odiar a la barbies, celebro su aniversario. Celebro los momentos felices que me regalaron cuando jugaba con ellas, las historias que tejí a su alrededor, las puntadas que cosí haciendo sus vestidos y aprender a delinearme los ojos teniéndolas a ellas como modelo.
Celebro a la Barbie que no fui.
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