Mis dificultades de hablar públicamente el idioma extranjero se disiparon y empecé a soltar la lengua aunque había sido tartamudeando
Pauni Obregón Ortega*
No era la primera vez que aplicaba a una beca. Es más, mis aventuras con la Fulbright no habían sido las más afortunadas el año anterior. Ahora me encontraba trabajando en una universidad donde me llegó nuevamente la solicitud de aplicación a la cual no le presté mucha atención.
Por ello, completé el formulario sin muchas expectativas ya que no tenía nada que perder. En esa época recuerdo que fueron muchas aplicaciones a muchas agencias esperando al primer llamado para alistar mis maletas.
Igual que el año anterior me llamaron para que me presentara un sábado sin mucha antelación a realizar dos tipos de evaluaciones semejantes al GRE (Graduate Record Examination) y al TOEFL (Test of English as a Second Language).
Tampoco me preparé para los exámenes y después de unas semanas me sorprendió que me llamaran nuevamente a entrevista. En mi mente, me inquietaba si realmente el proceso era para llenar requisitos o si de verdad había chance para ir a estudiar el extranjero.
El día de la entrevista fue de lo más amistoso. Algunos del panel eran conocidos por la experiencia del año anterior, por lo que me sentía más relajado que de costumbre. Mis dificultades de hablar públicamente el idioma extranjero se disiparon y empecé a soltar la lengua aunque había sido tartamudeando. Las preguntas variaban sobre la viabilidad de mi propuesta del plan de estudios, de mi posible reinserción laboral y sobre la relevancia de la maestría para abonar al desarrollo del país.
Me dio la impresión que las preguntas ya las había ensayado cuándo las personas me cuestionaban sobre mi futuro y lo que quería estudiar, o tal vez formaban parte del ejercicio para convencer a mis padres (y a mí mismo) de que lo que buscaba tenía un valor agregado al país.

Definitivamente fue una noticia muy agradable cuando me dijeron que me habían seleccionado como becario Fulbright ese año. Ahora tocaba aplicar a las universidades de mi preferencia aunque resultó un proceso intenso de negociación con la Fulbright.
Para ello, tuve que justificar cada una de las universidades que quería aplicar por el énfasis de sus programas de estudios, algún centro donde podía participar o aprender que era afín a lo que solicitaba, o la presencia de profesores o investigaciones que se especializaban en la maestría deseada. Para las aplicaciones, ayudó que tuviese la información completa antes de tiempo al igual que los resultados del TOEFL.
En retrospectiva, me parece que fueron varios factores los que me ayudaron a obtener la beca. Por un lado, estaba claro del programa que quería, de los aspectos que hacían falta y cómo podría ser útil al desarrollo del país.
Por otro lado, tenía el respaldo de la institución donde laboraba que a mi regreso me iban a emplear nuevamente, así como otras experiencias que había acumulado en el ejercicio profesional. Finalmente, me dio la impresión que al panel de entrevistadores les gustó un poco mi atrevimiento de irme a estudiar sin tener un dominio del idioma, de estar anuente a conocer sobre su cultura y diversidad así como la disposición de aplicar y replicar los conocimientos a mi regreso.
No puedo negar que el aprendizaje teórico y práctico adquirido en la maestría ha sido una de las experiencias más gratificantes y útiles. Sin embargo, sigue siendo un privilegio el que para los becados lo hayamos podido realizar en el extranjero donde uno aprende más sobre sí mismo, su país, su realidad y nuestra identidad.
*Pauni Obregón hizo una Maestría en Derecho (LLM) en la Universidad de Georgetown, Estados Unidos, gracias a una beca Fulbright. Actualmente acaba de terminar un período de dos años como JPA en el Banco Mundial.
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