Hay evidencia científica que sugiere que más allá de las diferencias culturales o expectativas personales, los seres humanos compartimos nociones básicas de felicidad...
Talvez viste el titular por ahí: "Costa Rica es el país más feliz del mundo", anunciaban los cables de las agencias y numerosos sitios de Internet, en ocasión de la publicación del último Índice del Planeta Feliz, hace ya un par de semanas.
Pero es probable que no te dieras cuenta de que, en esa lista, Nicaragua figura en el undécimo puesto.

En otras palabras, según la New Economics Foundation, en materia de felicidad los nicaragüenses estamos mejor que la mayoría de los países latinoamericanos, la casi totalidad de Asia y toda África y Europa, además de los Estados Unidos y Canadá.
De hecho, por delante de Nicaragua sólo están Costa Rica, República Dominicana, Jamaica, Guatemala, Vietnam, Colombia, Cuba, El Salvador, Brasil y Honduras.
¿Habrías apostado por estos países para integrar el "top ten" de la felicidad mundial?
Y ¿cómo conciliar el destacado lugar que ocupa Nicaragua con las encuestas que afirman que la mayoría de los nicaragüenses estarían dispuestos a irse del país?
La respuesta tiene mucho que ver con la forma en que definamos "felicidad".
Y, por supuesto, en cómo intentemos medirla.
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"¿Qué te hace feliz?", le pregunto a Sebastián, de seis años, mientras ve uno de sus programas favoritos (probablemente, lo admito, no el mejor momento para reflexiones filosóficas).
"Ver tele", contesta, como con sospecha. No quiere ser privado del placer que le causan Ben 10 y el Cartoon Network.
Ya luego, ante mi insistencia, agrega: "También que vengan a jugar conmigo mis amigos".

"La felicidad —explica— es como cuando va a venir alguien y vos decís '¡qué alegre!, va a venir alguien!', y te ponés como nervioso".
Acompaña su explicación con gestos y expresiones. Acerca sus brazos al cuerpo como abrazándose a sí mismo y luego los extiende en señal de bienvenida. Sonríe.
"¿Y qué puedo hacer yo para hacerte más feliz?", le pregunto.
"¡Comprame un Bakugán!", exclama de inmediato, haciendo referencia al último juguete de moda entre sus amigos.

Sus respuestas en cierta forma ponen en evidencia las complejidades de la felicidad.
Es un término que ocupamos para referirnos a diferentes tipos de placer, satisfacción o alegría. Y refiere tanto a un estado pasajero como a un sentimiento de bienestar más permanente.
También podemos alcanzarla de diversas maneras. Y lo que hace felices a unos probablemente no funcione para otros.
¿A quién de ustedes puedo hacer feliz con el simple regalo de un Bakugán?
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Hay evidencia científica, sin embargo, que sugiere que, más allá de las diferencias culturales o expectativas personales, los seres humanos compartimos nociones básicas de felicidad.
En cualquier caso, las reacciones positivas a nuestro entorno afectan siempre el mismo lado del cerebro: el izquierdo de la corteza prefrontal, más o menos a medio camino entre la frente y la oreja.
Mientras, los sentimientos negativos afectan el mismo punto, pero del lado derecho de la cabeza.
Felicidad e infelicidad son, de hecho, simplemente extremos de un mismo continuum.
En una de las puntas nos sentimos bien, disfrutamos de la vida y tendemos a creer que es maravillosa. En la otra nos sentimos miserables y nos gustaría que las cosas fueran diferentes.
Los investigadores coinciden en que nuestra capacidad para experimentar felicidad (entendida como una reacción neurobiológica) está determinada por factores genéticos.
Como sucede con el amor, está vinculada a nuestra capacidad para producir y reaccionar a la dopamina, un neurotransmisor que estimula las áreas del cerebro vinculadas al placer.
Al mismo tiempo, no obstante, también es posible establecer una relación entre los niveles de felicidad y factores circunstanciales fácilmente medibles, como estatus socioeconómico, salud, ingreso, etc.
Aunque en la ecuación juegan un rol mucho más decisivo factores más difíciles de determinar.
Y esto incluye el mismo accionar humano, ya que constantemente los seres actuamos para maximizar nuestro bienestar.
De hecho, la búsqueda de la felicidad es, y siempre ha sido, uno de los motores más fuertes de la actividad humana a lo largo de la historia.
Es, por ejemplo, uno de los tres derechos básicos enunciados en la declaración de la independencia de los Estados Unidos, junto a la vida y la libertad.

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Pero ¿buscamos los humanos nuestra felicidad de la misma forma, en las mismas cosas?
En cierto sentido sí, ya que nuestros deseos y expectativas están claramente condicionados por el entorno social.
Muchas veces deseamos ciertas cosas y ciertas experiencias simplemente porque otros también las tienen.
Pero además el trabajo de Richard Layard —un profesor de la London School of Economics dedicado a la "economía de la felicidad"— sugiere que muchas veces la idea de felicidad está estrechamente ligada a la simple posibilidad de tener más que los demás.
Es por eso que las diferentes mediciones de felicidad sugieren que la mayoría de las personas que se declaran muy felices se encuentran entre los grupos con los ingresos más altos de una sociedad.
Y a nivel mundial, las mediciones tradicionales también colocan en el primer lugar de las listas de satisfacción con la vida a los países más ricos.
Al mismo tiempo, sin embargo, aunque durante los últimos cincuenta años los ingresos, y con ellos el nivel de vida de buena parte de la población mundial, han ido aumentando considerablemente, los niveles de felicidad no han crecido en la misma proporción.
Es decir, en términos generales, el aumento de la riqueza no se ha traducido en mayor felicidad en nuestra sociedad.
Y a partir de cierto nivel de ingreso, los datos parecen confirmar que el dinero no compra la felicidad.
¿Por qué?
Parte de la respuesta, sostiene Layard, tiene que ver con el concepto de "acostumbramiento".
Los seres humanos nos adaptamos fácilmente a nuestras circunstancias, lo que nos permite por ejemplo no sentirnos completamente miserables en situaciones de adversidad.
Pero también hace que la felicidad que nos produce un cambio positivo en nuestras condiciones por lo general sea de corta duración.
Si no reconocemos esto, podemos invertir de más en ciertas posesiones materiales que sólo nos harán felices por un corto período de tiempo.
Y la evidencia sugiere que la gente subestima el proceso de acostumbramiento, dedicando por tanto excesivo esfuerzo y recursos a la búsqueda de lo material, descuidando en el proceso otras dimensiones tal vez más gratificantes de la vida.
Otra variable importante es la "rivalidad".
Pensá por un momento: asumiendo que los precios de todo se mantuvieran constantes, ¿en qué mundo preferirías vivir? ¿En uno en el que, mientras vos ganás 50 mil dólares al año, los demás ganan la mitad, o en uno en el que vos ganás 100 mil dólares, pero los demás perciben el doble que vos?
Según Layard, sistemáticamente la mayoría de las personas tiende a elegir la primera opción.
La triste realidad es que no nos importa sólo lo que tenemos, sino en qué posición nos coloca eso con relación al resto de nuestro grupo de referencia.
Es por eso que los más ricos tienden a declarar mayores niveles de felicidad que los más pobres, porque pueden compararse favorablemente con los menos favorecidos.
Y es por eso que si un mayor ingreso se traduce sólo en una mejoría de las condiciones de vida, pero no de estatus social, su impacto sobre la felicidad únicamente será temporal.
Pero el concepto de estatus requiere que existan tanto ganadores como perdedores.
Si esta es la clave de la felicidad, entonces es necesario que existan tanto personas felices como infelices.
En esas condiciones el nivel de felicidad de la sociedad en su conjunto no puede aumentar. Sólo puede cambiar la forma en la que se reparte.
***
Afortunadamente, ese afán competitivo no aplica a todas las dimensiones de la existencia humana.
La amistad, el amor, la disponibilidad de tiempo libre para dedicárselo a las actividades que consideramos más gratificantes son, por ejemplo, importantes fuentes de felicidad que tendemos a valorar por sí mismas y en las que no acostumbramos a compararnos con los demás.
Y una vez satisfechas las necesidades básicas de supervivencia, a menudo son mucho más decisivas que lo material.
Un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), por ejemplo, encontró que los latinoamericanos necesitarían multiplicar sus ingresos en más de siete veces para poder compensar por la pérdida de sus amistades.
Y la posibilidad de una recompensa material tampoco es el único motor de la actividad humana.
Es por eso que, en ciertas circunstancias, el salario no es el factor más importante a la hora de elegir una profesión o un trabajo.
En ese contexto, sostiene el profesor Layard, nuestro reto como sociedad es desincentivar esa carrera inútil por adquirir símbolos de estatus que domina la vida moderna.
En su lugar, sostiene, hay que invertir más en esas dimensiones que no hacen de la felicidad un juego de suma cero: la posibilidad de disfrutar de los amigos, la familia y el tiempo libre; la reducción de las incertidumbres vinculadas, por ejemplo, a posibles emergencias o problemas de salud; la seguridad laboral, la libertad, la confianza interpersonal, etc.
Esta necesidad es tanto más urgente en cuanto la carrera desenfrenada —e infructuosa— por lo material está teniendo profundas repercusiones sobre la salud del planeta.
Lo que nos lleva de regreso al Índice del Planeta Feliz, en el que Nicaragua ocupa el undécimo lugar.
Es importante comprender que, a pesar de los titulares que acompañaron su publicación, el Índice del Planeta Feliz de la New Economics Foundation no es en realidad una lista de los lugares más felices del planeta.
De hecho, en la última medición de ese tipo, realizada en el 2006, Nicaragua ocupó el lugar 85. Y a la cabeza figuraron países como Dinamarca, Suiza y Austria.
Los autores del Índice del Planeta Feliz, sin embargo, sostienen que las mediciones tradicionales, en las que simplemente se les pregunta a las personas qué tan satisfechas están con su vida, no toman en cuenta el impacto que la búsqueda de la felicidad en cada país puede tener sobre las posibilidades de sobrevivencia de todo el planeta.
Por eso, para calcular su índice también factorizaron variables como la esperanza de vida al nacer (después de todo, ¿de qué sirve ser muy feliz si es sólo por un número muy limitado de años?) y, sobre todo, la huella ecológica de cada nación.
Eso sacó de la ecuación a países con gente que se declara muy feliz, pero cuya receta de felicidad eventualmente podría resultar en la destrucción del planeta.
Y le dio un lugar destacado a países donde mucha gente se declara miserable, pero que casi no contribuyen en nada al deterioro ambiental, como Vietnam.
¿Y cómo están entonces las cosas en Nicaragua?
Eso, probablemente, lo pueden juzgar ustedes mejor que nosotros. Lo que queríamos era hacerlos pensar acerca de la felicidad.
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