Aunque entre Managua y Sukhumi, la capital de Abjasia, hay doce mil kilómetros de distancia, al sur de Rusia, en el corazón de las montañas del Cáucaso, todos han oído hablar de Nicaragua. Y la simple mención de nuestro pequeño país despierta intensos sentimientos, tanto de amistad como de recelo. Esta es la crónica de un viaje por esas lejanas tierras y de la búsqueda de reacciones a la decisión del gobierno de Nicaragua de reconocerla como nación independiente.
Igual que sucede en Nicaragua, por aquí ya tampoco pasa el tren.
El último ferrocarril de los que cubrían la ruta entre Tiflis, la capital de Georgia, y Sukhumi, en la costa abjasia, partió hace tiempo.
Los raíles que atraviesan Abjasia, apenas discernibles entre la maleza, son ahora un brazo amputado de la red ferroviaria georgiana.
El servicio quedó interrumpido tras la guerra que enfrentó a georgianos y abjasios, en 1993. El traqueteo de entonces, casi un continuo estertor, es ahora sólo recuerdo.

El puente sobre el río Inguri que conecta a Georgia con Abjasia..Foto: [john]/Flickr/CC
A falta de tren, hoy por hoy la única forma de llegar a Abjasia desde su flanco sur es cruzando a pie el puente sobre el río Inguri.
Durante años, y a consecuencia de la guerra, sólo las mujeres podían cruzar por ese paso.
Y cuando empiezo a cruzarlo el camino está prácticamente desierto.
La excepción es una carreta tirada por un burro que transporta a varias personas mayores, enfundadas en ropas oscuras.
Y, claro, los tres puestos militares que hay que atravesar antes de llegar a suelo abjasio.
Apenas ha amanecido cuando llego al primero.
No hay ninguna bandera y el soldado no lleva nada que pueda revelarme a qué ejército pertenece.
Tiene la piel morena y los ojos muy verdes. Le pregunto si el territorio que se extiende más allá de ese control militar es ya Abjasia o si todavía se trata de Georgia.
Sonríe y, muy cortésmente, me aclara:
-“No, no… Abjasia es Georgia”.
Ahora está claro que el joven, que apenas debe rondar los 30 años, pertenece al ejército georgiano.
Cerca del segundo puesto militar hay un monumento que contrasta con los uniformes de camuflaje: una pistola con su cañón anudado.
Recuerda que diecisiete años atrás, este lugar fue escenario de una cruenta guerra entre Abjasia y Georgia que cobró la vida de miles de personas.
Decenas de miles de desplazados abandonaron Abjasia por ese puente y buena parte nunca volvió a cruzarlo en la dirección opuesta.
La mayoría de los que se quedaron en Abjasia tilda a Daniel Ortega de héroe.
Los georgianos que se marcharon, de todo lo contrario.

Foto: María José Riquelme/La Brújula Semanal.
Pasado el tercer puesto, se divisan las mismas montañas nevadas, el mismo río. La misma carreta también pasa renqueando.
Las voces, sin embargo, cambian, y también el alfabeto.
Las palabras en georgiano quedan atrás y, de ahí en adelante, ése ya no será un idioma bienvenido.
Cien kilómetros separan ese puesto militar de Sukhumi. O Sukhum, que es el nombre de la ciudad en su versión rusa.
Aún en coche, lleva más de dos horas cubrir esa distancia debido al mal estado de la carretera.
En algunos tramos, la velocidad no supera los 20 kilómetros por hora y el coche debe esquivar enormes hoyos en el asfalto resquebrajado.
Sukhumi / Sukhum
A orillas del Mar Negro, un inmenso lago cuatro veces el tamaño de Nicaragua, Sukhumi es apenas un accidente urbano en una exuberante frondosidad semitropical.
En sus calles, es común encontrar ancianas vendiendo mandarinas. Los magníficos edificios que bordean el paseo junto al mar atestiguan que éste fue, alguna vez, uno de los lugares de descanso preferidos de la élite soviética.

Foto:WomEOS/Flickr/CC.
La plaza principal está junto a la playa. Allí hay un puesto en el que, en pequeñas tazas de colores, se sirve café turco, oscuro, terroso y concentrado.
No hay nada más en el puesto. Ni té, ni refrescos ni dulces. Sólo café.
El encargado del puesto prepara cada taza a conciencia, pasando el cazo que contiene el café por un lecho de brasas para calentarlo.
Entre sorbo y sorbo, los hombres que allí se reúnen juegan al ajedrez, a cartas o al backgammon. No hay mujeres entre ellos. El tono de sus voces no supera el del viento salado que viene desde la orilla.

Foto: Cortesía Annelie Hirsch/La Brújula Semanal.
Si hay un lugar donde, a diferencia de la plaza, predominan las mujeres, es el mercado.
Aquí es todo bullicio. Dentro y fuera del recinto, se apiñan los puestos de venta de comestibles, ropa y flores.
Raisa Barisavna regenta allí un puesto de pasteles. Las tortas que expone en su mostrador tienen varios pisos y están recubiertas de un glaseado de nata.
Tiene unas grandes bolsas bajo los ojos, y cuenta su historia con un tono cansino. A ratos, no puede contener las lágrimas.
Se retira unos minutos de su puesto para contarme, entre otras cosas, por qué significa tanto para ella que Nicaragua haya reconocido a Abjasia como país independiente.
Raisa ha vivido en el mismo lugar desde que nació, hace sesenta y nueve años. Su apellido, al nacer, era georgiano. Tras la guerra, adoptó el de su madre, oriunda de Abjasia.
Recuerda que hace mucho tiempo, a los niños no les estaba permitido estudiar ni la historia ni la lengua abjasias. Al reconocer su independencia, Rusia y Nicaragua respaldaban el reclamo de los abjasios a partir de lo que ellos mismos califican de diferencias irreconciliables con Georgia y un estilo de vida propio.
Raisa recuerda las lágrimas de satisfacción que derramó cuando, cuando el presidente ruso, Dimitri Medvedev, anunció a finales de agosto de 2008 que reconocía la independencia de Abjasia y Osetia del Sur.
El mercado era una fiesta. “Todos se abrazaban y brindaban con champagne”, cuenta.
Ese reconocimiento, que tuvo lugar apenas diez después de que terminara la guerra que enfrentó a Rusia y Georgia por el control de Osetia del Sur, fue para ella un hito histórico, “un rayo de esperanza que ojalá sirva para que los que se marcharon tras la guerra de 1993 puedan volver ”.
Uno de aquellos tantos que se marchó fue su hijo. No ha vuelto a verle desde entonces. Tras la muerte de otro de sus hijos, según ella a manos del ejército de Georgia, juró que jamás pondría los pies en la tierra de los georgianos.
Pero cree que el hecho de que su hijo no luchara por la causa abjasia le convierte a ojos de muchos en un desertor, y que esa acusación podría costarle la vida si regresa.
Un pueblo diferente
Sin pasado, no tenemos futuro. Eso dice Inna Shinkuba, de cuarenta y cinco años. Su sueño es que algún día, quizás en una década, Abjasia sea algo así como una pequeña Suiza. Pero por unos momentos, el 26 de agosto de 2008 - cuando Rusia reconoció oficialmente la independencia de Abjasia - le pareció más una pesadilla que el comienzo de ese sueño.
Muchos salieron a las calles disparando armas de fuego como forma de festejo. Ella, y su hijo de entonces ocho años, recuerdan el pánico que experimentaron cuando pensaron que una nueva guerra había comenzado.
Muchos son los que, como Inna, expresan su orgullo de pertenecer al pueblo abjasio.
Sus costumbres y su lengua son clave a la hora de definir lo que ellos llaman su “condición abjasia”.
Nada más entrar en su casa, el hijo de Inna deja sus deberes y se levanta de la silla en señal de cortesía. Tras un gesto de su madre, el pequeño vuelve a sentarse.
-“¿Ves? Esa es una de las cosas que nos hace diferentes, la forma en que educamos a nuestros niños”, me dice con orgullo la persona que me ha llevado hasta allí.
Inna, por su parte, afirma sin dudar que el abjasio es el idioma más difícil del mundo. Le pregunto si de verdad cree que no hay otra lengua que pueda ser igual de complicada. Afirma, categóricamente. Está segura de que no es posible.
No hay ningún símbolo religioso en la casa. De hecho, los abjasios no se destacan por ninguna devoción en concreto.
Lo que, según ellos mismos, define su “condición abjasia” es la apswara, algo así como “la abjasiedad”.
Como si pertenecer a Nicaragua pudiera describirse como “nicaraguanidad”.
La apswara se traduce para los abjasios en un sistema basado en fuertes vínculos familiares, respeto por los ancianos, estricta moralidad y una estructura social que excluye la servidumbre de su jerarquía.
Sólo los extranjeros podían servir como esclavos, nunca los propios abjasios.
El otro lado
Lo que complica el asunto, sin embargo, es que mientras existía la Unión Soviética, abjasios, armenios, rusos y georgianos convivieron por mucho tiempo en territorio abjasio.
Pero hoy por hoy, muchas de las casas que los georgianos ocuparon durante años son sólo escombros.

Foto: WomEOS/Flickr/CC.
Durante la guerra del 93, y también después del conflicto, muchos de esos edificios fueron destruidos con el fin de que sus habitantes nunca pudieran volver a sus hogares.
En Sukhumi, a ratos, es sin embrago muy fácil olvidar que esa ciudad fue escenario de espeluznantes masacres durante la guerra.
Buena parte de los edificios ha sido reconstruida. No faltan los restaurantes, bares y hoteles. También hay puestos de helados en las esquinas.
Y un gran número de establecimientos turísticos destinados, principalmente, a visitantes rusos.
Pero algunos kilómetros más allá, en la región de Gali, las casas destruidas son un constante recordatorio de que las consecuencias de la guerra del 93 aún están muy presentes.
Los restaurantes y hoteles parecen estar a miles de años luz. Allí parece que el tiempo se hubiera detenido.
Apenas hay algunos puestos de bebidas en los caminos y a ratos hay que esquivar las vacas que invaden la carretera.
Alrededor de una cuarta parte de las personas que dejaron Abjasia tras el conflicto del 93 volvieron a sus casas, la gran mayoría en Gali.
Muchos se quejan de que no les está permitido hablar georgiano y que son víctimas de abusos por parte del ejército abjasio.
Son ellos quienes se oponen al reconocimiento de la independencia de Abjasia y Osetia del Sur por parte de Nicaragua.
Aducen que esa declaración va en contra del derecho internacional y que Daniel Ortega debería haber aprendido más sobre la región antes de emprender una iniciativa semejante.
Así pues, de gratitud y condena son las reacciones que despierta la sola mención de Nicaragua en esta región del Cáucaso.
Pero en cualquier caso el nombre de la patria de Darío es reconocido por todos y no deja a nadie indiferente.
No muy lejos, en Osetia del Sur, por ejemplo, puede verse un reloj que junto a la hora local marca qué hora es en Managua.

Nicaragua es una referencia en el Cáucaso.Foto: María José Riquelme/La Brújula Semanal
Es el momento de almorzar en Tskhinvali, en Centroamérica es de madrugada.
(La autora quiere agradecer muy especialmente los consejos de Claudio Rojas y Matías Zibell para la elaboración de esta crónica).
En 1991, luego del colapso de la Unión Soviética, la ex República Socialista Soviética de Georgia se convirtió en un estado independiente y Abjasia, una antigua república autónoma soviética, fue integrada al nuevo estado.
La región, sin embargo, declaró su independencia de manera unilateral en el verano de 1992, a lo que Georgia respondió con una invasión.
La guerra que se desató a continuación fue cruenta, con incidentes de limpieza étnica, masacres y la destrucción innecesaria de propiedades.
Un acuerdo de cese al fuego se alcanzó en 1994 y desde entonces hasta el 2008 Abjasia funcionó de facto como un estado independiente sin reconocimiento internacional, aunque apoyado por la Federación Rusa.
En el 2006 el ejército georgiano recuperó el control parcial de Abjasia e instaló un gobierno alternativo en la zona fronteriza entre ambas naciones, pero este fue expulsado por tropas rusas en agosto del 2008, luego del estallido de la segunda guerra de Osetia del Sur.
El 26 de ese mismo mes Rusia reconoció oficialmente la independencia de ambos territorios. Nicaragua fue el segundo, y hasta la fecha único otro país, en hacer lo mismo, ocho días después.
El Decreto Presidencial 47-2008 del 3 de septiembre del 2008 otorga "el pleno reconocimiento a la hermana República de Abjasia, como nuevo miembro de la Comunidad de Naciones Independientes del Mundo", basado en el artículo 5 de la Constitución Política de Nicaragua que "establece los principios de la amistad, solidaridad y respeto que deben conducir las relaciones internacionales de Nicaragua con otros pueblos" y "apegado a los principios establecidos en la Carta de Naciones Unidas y el derecho de los pueblos del mundo para ser independientes y soberanos".
Entrevistado por la BBC dos días después, el entonces Ministro de Relaciones Exteriores por la Ley, Manuel Coronel Kautz, explicó Nicaragua que coincidía con Rusia en que la voluntad de las autoridades surosetas y abjasias (de independizarse de Georgia) reflejaba "una decisión soberana", que tenía que ser respetada.
"Desde nuestra perspectiva estas dos repúblicas fueron agredidas y nosotros estamos del lado de la justicia", dijo Coronel Kautz. El canciller también recordó que "somos viejos amigos de Rusia, desde la época en que era la Unión Soviética" y advirtió que detrás de la aparente oposición internacional a la medida estaban los intereses de Estados Unidos.
"Es el imperio el que se quiere mostrar en esos lugares. Ponerle un cerco a Rusia. Desestabilizar a los países que no le son sumisos", declaró entonces.
Sin embargo, para Javier Meléndez, director del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP), la decisión de Nicaragua estuvo estrechamente vinculada al posicionamiento de otras naciones, y más específicamente de Venezuela.
"Es 'solidaridad obligada' dada la relación entre el gobierno de Hugo Chávez y Rusia", le dijo Meléndez a BBC Mundo.
"Es una cadena: la amistad con Chávez, la compra de armas de Venezuela a los rusos, el apoyo de Nicaragua a Rusia", explicó.
Para el director del IEEPP la posición de la administración Ortega también se explica por una profunda "añoranza ideológica" que impediría un análisis desapasionado de la decisión.
"Es la reacción típica del gobierno del presidente Ortega ante cualquier situación en la política internacional que huela a anti Estados Unidos", señaló en esa oportunidad.
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