Cuando llego a la discoteca son las dos y diez minutos de la tarde, pero el local aún luce vacío.
Además, después de tanto caminar tengo hambre y quisiera comerme una hamburguesa gigante y tomarme una gaseosa.

Foto: drocksays/Flickr/CC.
Así que sigo caminando hacia el sector de Metrocentro, donde me espera un amigo al que convencí de acompañarme a la fiesta.
"No tengo dinero, vos me invitás al almuerzo", le digo apenas lo veo, sin la menor pena.
Después de todo, la solidaridad bien puede ser parte integral de mi estrategia, ¿no?.
Por suerte él asiente y nos dirigimos a comprar comida.
Una de las rosticerías del Food Court también ofrece degustaciones.
Más de una vez las he rechazado, pero esta vez no será la ocasión.
Pruebo un par de trozos de pollo, pero calculo que tendría que pasar demasiadas veces enfrente del puesto para poder saciar mi hambre.
No se si soy lo suficientemente "cara dura" para conseguirme así el almuerzo.
"Debe haber otras alternativas", pienso.
Y algunos días después, la voz paciente y cariñosa de Edgard Rodríguez, el editor de Deportes del diario La Prensa, suena al otro lado del teléfono.
Me dice que va a conseguirme los datos para asistir a una reunión de los Hombres de Negocios del Evangelio Completo.
“Si querés, vamos juntos a la reunión”, me deja dicho en un mensaje de voz.
Hace ya un par de años don Edgard me regaló un ejemplar de su libro Un día perfecto, con dedicatoria y todo. Así que me siento culpable.
Él, un miembro de esta organización, no sabe de mis verdaderas motivaciones para buscarlos: conseguir comida gratis.
La idea surgió luego de una conversación informal sobre esta crónica con el también periodista Joaquín Tórrez.
Pero la cita está hecha: sábado 25 de julio, a las ocho de la mañana, en el McDonalds de Bello Horizonte. Ya es tarde para echarse atrás.
Así, el día señalado llego puntual. Un hombre bajo con cara seria me pregunta quién me invitó. Cuando menciono a don Edgar, inmediatamente sonríe y me da la bienvenida.
Al ver el salón casi lleno empiezo a dirigirme a las sillas de atrás, pero un señor regordete, con micrófono en mano, me llama enfrente y me indica dónde sentarme.
Me acerca el micrófono para que diga mi nombre, oficio y quién me invitó a la actividad.
Ya sentado, miro que tengo al lado a un joven moreno, delgado, con un tatuaje en la mano y todas las uñas pintadas de negro.
Y al poco tiempo de estar en el lugar, me sirven mi desayuno gratis. La culpa me está matando, "pero total, esto es por lo que vine", me digo.
“Si vienen por comer gratis, no se preocupen”, dice entonces don Francisco Neira, uno de los coordinadores, como leyendo mis pensamientos.
Es un señor moreno, bajito y que ríe cada vez que el testimonio de alguno de los participantes incluye algo chistoso.
En la primera fila, varios jóvenes comen presurosos y toman café. Uno de ellos ni siquiera se detiene, no ve al expositor. Tampoco creo que lo escuche.
Es común que en los centros comerciales y supermercados de vez en cuando haya degustaciones de productos.
Sin embargo, difícilmente esto se puede traducir en comida suficiente, ya que a menos que no te dé pena pasar repetidas veces, las degustaciones nunca van a ser suficientes para llenar tu apetito.
Y, seguramente, esta tampoco es una receta para una dieta balanceada.
También se puede comer gratis en algunas capacitaciones, talleres, conferencias y otras actividades en donde dan refrigerios o el almuerzo.
De hecho, tristemente, la comida es en algunos casos la única razón por la que alguna gente asiste a algunos eventos, hasta el punto que dentro del gremio periodístico hay un grupo conocido como “los papas fritas”, como se denomina a los periodistas que asisten a las actividades nada más para comer y beber.
Mientras, don Francisco Neira cuenta que él asistió durante más de un año a las reuniones de los Hombres de Negocios del Evangelio Completo sin pagar ni un centavo.
"Y muchas personas se acercan a nosotros por curiosidad, por venir a comer gratis", reconoce. "Pero eso no nos importa, porque al final se van a quedar los que se tienen que quedar", reflexiona.
Aprovecharse de otros para conseguir comida sin darles nada a cambio, sin embargo, no es una práctica ética.
Y para Karen López, estudiante de la UCC, en Nicaragua nadie puede vivir comiendo gratis. “Es imposible”, sostiene.
“Aunque pensándolo bien, en nuestra cultura damos comida gratis en las fiestas patronales, en las velas”, dice luego.
Y ahí está también la tradicional Purísima.
Pero lo más práctico si uno quiere andar de vago sin gastar, tal vez sea llevar la propia comida desde casa.
Y con algo de curiosidad e imaginación, así se puede terminar comiendo mejor que en algunos restaurantes y a una fracción del precio.
Y también más saludablemente.
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