En época de crisis, hay que saber improvisar y ocupar la imaginación. Pero ¿qué tanto puede uno divertirse en Managua sin un peso en la bolsa? Yader Luna se puso a averiguar.
“Buscá todo tipo de actividades que no te cuesten nada”, son las instrucciones de mi editor.
Y con cierto tono burlón agrega: “Me imagino que no tengo que darte nada para gastos, ¿verdad?”.
“Supongo que no”, le respondo con una leve sonrisa.
Me despido y prometo no regresar a la oficina hasta que el experimento haya concluido: viajar, comer y divertirme gratis durante varios días.
O al menos intentarlo.
Vivir de gratis 1: Viajar
Menos de 24 horas después ya tengo una primera actividad programada: una fiesta —gratuita— en la zona de Altamira, a la que me hago invitar gracias a Facebook.
Vivo, sin embargo, en el municipio más pequeño de Nicaragua —Dolores, en el departamento de Carazo—, así que mi primer gran reto será llegar hasta Managua sin gastar un centavo.
¿Podré hacerlo?
La fiesta, al ser una actividad promocional de una nueva discoteca, está prevista para las dos de la tarde de un miércoles, así que decido empezar temprano.
Por ser el primer día de la misión asumo también que el desayuno bien puede ir por cuenta de la casa y a las 9:20 a.m. ya estoy en la parada de buses de Jinotepe, por donde me pasó dejando mi papa.
De ahí me dirijo a pie a la salida de la ciudad a buscar ride.

¿Le negarías raid?.Foto: strawberrykoi/Flickr/CC
En la bolsa del pantalón llevo un lapicero, una libreta y mi celular; así como un caramelo y un poco de dinero —mis “seguros de vida” si lo gratuito no funciona del todo—.
También una buena dosis de timidez y una mala experiencia previa: hace un par de años necesitaba un “verdadero” aventón y nadie me llevó ni por media cuadra.
Además, eso de viajar con desconocidos no deja de tener sus riesgos. Así que no me siento precisamente cómodo estirando la mano a cada vehículo que se acerca.
Pero por lo menos no está haciendo tanto calor.
Una hora después aún sigo en la salida de Jinotepe, por lo que decido empezar a caminar en dirección a San Marcos.
Pronto las casas quedan atrás y son pocos los vehículos que pasan cada cierto tiempo.
La mayoría parecen ser microbuses, como invitándome a desistir.
"La gente no da ride en estos días", me digo a mí mismo, y estoy a punto de rendirme, cuando veo que una lujosa camioneta se acerca.
Estiro la mano con desgano, creyendo que será un nuevo intento fallido.
Y así parece. Pero un par de metros adelante el vehículo se detiene.
Una vez que supero la sorpresa, empiezo a correr.
Mis conocimientos en esto de andar al ride son bastante básicos. Mi instinto me dice que debería subirme en la tina, pero la camioneta es de doble cabina.
Y los asientos no sólo parecen una alternativa más cómoda, sino que así también podría entrevistar al conductor.
Así, a las 11:10 de la mañana, empiezo mi viaje con dos desconocidos. Les pregunto por qué se decidieron a darme ride y el chofer, un señor regordete, me dice que mi ropa lo terminó de convencer. "No tenés aspecto de delincuente", me dice.
"Y no lo soy", le respondo sonriente.
Pero lamentablemente don Luis Arana y su silenciosa mamá van para Granada. Así que en un par de minutos después me despido de mis primeros benefactores.
El sabor dulce de esta pequeña victoria me acompaña hasta la salida de San Marcos.
Diviso una hilera de vehículos detenida y empiezo a pedirles ride uno a uno, pero todos me lo niegan.
La sensación, tras cada rechazo, va desde una enorme vergüenza hasta un tremendo enojo.
Veo la placa de un vehículo de Managua y pienso que será mi salvación. Una señora de pelo rubio encendido y labios rojos lleva abierta su ventanilla.
Le digo que si me da ride y con una mueca me dice que no. “Es que vamos ahí nomás”, se justifica.
No estoy dispuesto a recibir más rechazos en mi cara. Pasa un microbús y decido que voy a detener el siguiente, pagar mi pasaje y llegar de una vez a Managua.
Pero, para mientras, sigo caminando, aunque me empiezan a doler los pies.
Y media hora más tarde un vehículo blanco con vidrios oscuros se detiene.
El conductor se llama Emmerson Ortiz y es doctor. Dice que se detuvo a darme un aventón porque “me confundió con un conocido”.
Y me explica que sólo me puede llevar hasta el municipio de la Concepción.
A la una y diez minutos estoy, una vez más, buscando la salida de este pequeño poblado, lleno de caseríos a ambos lados de la carretera.
Y después de un par de rechazos más una camioneta se detiene. Esta vez corro y me lanzo en la tina.
Un olor a diluyente de pintura me marea. Llevo el estómago vacío, pero la emoción me invade. Vamos pasando varios poblados y los caritativos desconocidos, que a juzgar por los utensilios de la camioneta son pintores, no se detienen.
Llegamos a Managua por Ticuantepe. Seguimos avanzando, pero de pronto el conductor me dice con señas que van a doblar.
Me bajo, les agradezco y pronto me dejan con una nube de polvo como única compañía.
Estoy en el kilómetro 12.2 de la Carretera a Masaya y de nuevo empiezo a pedir ride.
Se detiene un carro negro, pero observo que tiene rayas en las puertas. Es un taxi. Así que antes de decidirme a subir le explico: “Estoy pidiendo un aventón”.
"Ya sé", me dice el chofer sonriente.
¿Un taxista de Managua dando ride? Pues sí. Se llama Marvin Zapata y viene de hacer unas diligencias en Masaya.
Dice que cuando puede siempre ayuda a los demás.
Me cuenta que va con el tiempo completo para empezar su turno, que empieza a las dos de la tarde, y me deja cerca de la rotonda Centroamérica.
Intento por varios minutos detener vehículos, pero es imposible.
Resignado, empiezo a caminar.
- ¿Se puede viajar de gratis?
En Managua es bastante difícil. Debido al alto nivel de inseguridad y delincuencia, las personas en la capital no suelen dar ride.
Pero los costos de las diferentes alternativas para movilizarse varían, dependiendo de si uno viaja en ruta o en taxi.
La otra alternativa es, por supuesto, caminar. Aunque las distancias, la falta de aceras, el calor y la posibilidad de un asalto tampoco hacen que "andar a pie" sea especialmente atractivo.
Pero uno siempre puede buscar un vecino o amigo que vaya hacia el mismo lugar.
Para José Castro viajar gratis en Managua es bastante difícil.
“Una vez, el maje de la ruta me asareó porque me faltaban 25 centavos para el pasaje”, dice este joven estudiante de la Upoli, quien nunca ha viajado al ride dentro de la capital, porque nadie se detiene.
“Todos piensan que sos un tamal”, asegura.
Dinorah Castillo, estudiante de la UNAN- Managua, coincide en que en la capital es prácticamente imposible que alguien te dé un simple aventón.
“En Managua, tanto los conductores como pasajeros tienen cierta desconfianza, por eso nadie intenta andar al ride”, asegura.
Sin embargo, durante una huelga del transporte pidió ride de la universidad al sector del Zumen junto a varios de sus amigos y una camioneta los llevó casi hasta sus casas.
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