Entre choferes, policías de tránsito, vendedores ambulantes, operarios de las cuadrillas de limpieza, trabajadoras sexuales, limpia vidrios y demás, son miles los nicaragüenses que día a día intentan ganarse la vida en las calles de la capital. En vísperas de las marchas del 21 de noviembre decidimos averiguar un poco más sobre ellos y hacerles la pregunta: "¿Quiénes son los dueños de la calle?". Estas son sus historias y respuestas:

Moisés de Jesús López tiene quince años de edad y uno de ganarse la vida en la calle como "payasito", como se hacen llamar los menores que intercambian trucos y malabares por dinero en los semáforos de la capital: los rostros más sonrientes de esa constelación de emprendedores que incluye a limpia vidrios, discapacitados, vendedores de productos varios y pequeñas niñas llevando en brazos a niños aún más pequeños, que abundan en las calles de Managua.
De lunes a sábado Moisés se busca la vida en la intersección del colegio Rigoberto López Pérez, adonde llega desde se su casa en Villa Reconciliación cada día, a eso de las seis de la mañana. Pasa por lo menos doce horas en el semáforo, haciendo malabar tras malabar.

"No es fácil" confiesa. "Lo más fregado es estar en el solazo" sostiene este chavalo que afirma que en un día bueno puede llegar a hacer hasta 800 córdobas, por 300 en los días que las cosas van mal.
El dinero, explica, lo necesita para poder comprar "sus cosas". "Y como no tengo cédula para buscar trabajo, un primo me ayudó". También recibió capacitaciones con el Instituto de Promoción Humana (Inprhu), una ONG que entre sus diferentes actividades desarrolla talleres de artes circenses para los niños y niñas de la calle.
"¿Y de quién crees vos que son las calles?" le pregunto. "No se" es su respuesta, pero apunta que antes de instalarse en el semáforo fue a solicitar un permiso a la Alcaldía de la capital. "¿Entonces las calles son de la Alcaldía? insisto. "No se" vuelve a ser su respuesta. Sobre las marchas y el derecho a protesta, prefiere no hablar.
Se hace llamar Carmen y "hace la calle" dos veces a la semana. Hoy espera por posibles clientes en el semáforo de la Embajada de México, acompañada de otras dos trabajadoras sexuales y enfundada en un minúsculo vestido rojo.

Esta muchacha de 19 años, es originaria de Chinadega, pero hace ya cuatro años que vive en Managua. Durante el día estudia (no quiere decir qué) y en el "oficio más antiguo del mundo" lleva sólo seis meses. Espera que sea algo temporal.
"Lo hago porque necesito el dinero" explica. "Lo más duro de esto es que hay personas que a veces hablan mal de uno, lo discriminan demasiado, no saben los problemas que uno tiene" cuenta. "Muchachas que pasan en sus carros particulares, porque tal vez la vida les ha dado mejores oportunidades que a nosotras, y nos gritan: playo, zorra, culiona...palabras ofensivas. Son estudiadas y preparadas pero ignorantes a la vez" se queja.
El oficio, que la mantiene en la calle desde las 7 de la noche hasta las cuatro de la mañana, también trae consigo clientes que no quieren pagar, que las golpean, que las dejan tiradas, las violan... "Es difícil. De todo hay aquí" explica.
Carmen alquila cerca del Mercado de Mayoreo y a esta esquina de Carretera a Masaya llega como puede; a veces en bus, a veces al raid, a veces en taxi. La política, afirma, no le interesa.
"Sinceramente me da igual, porque nunca nos ayudan (los políticos), todo es para provecho de ellos". Gracias a "las noticias" Carmen está enterada de las manifestaciones planificadas para el 21 de Noviembre, pero nunca ha participado en una marcha y no piensa empezar en esta ocasión. "¿Para qué? Si lo único que me puedo ganar es un morterazo" justifica.
Y, para ella, ¿quiénes son los dueños de las calles? "Pues la Alcaldía limpia, pero en la noche las dueñas somos nosotros, porque nosotras somos las que las andamos" dice entre carcajadas.
Carlos Baquedano trabaja para la alcaldía de Managua. Mensualmente devenga, con horas extras y viáticos incluidos, casi 5 mil córdobas mensuales. Todas las mañanas, acompañado de un inmenso carretón de madera, se encarga de barrer un gran trecho de la Carretera Norte. Tiene más de ocho años de trabajar para la municipalidad.
"¿Quiénes son los dueños de la calle?" le pregunto. "Los choferes de los vehículos, que casi se lo pasan llevando a uno", dice bien categórico y comienza a contar y hablar hasta por los poros que ya varias veces lo han escapado de atropellar, que los conductores no tienen cortesía y que manejan como animales... Pero cuando se le pregunta de las marchas convocadas para este sábado, se detiene el torrente de palabras, se queda callado. Dice que la política para él, es su trabajo.
En cierta forma, Maritza Cordero siempre se ha ganado la vida en la calle. Durante mucho tiempo se desempeñó como inspectora de una ruta de bus, pero la instalación de los nuevos sistemas de control automatizados (los famosos torniquetes o barras) le costaron el puesto de trabajo hace ya tres años. Desde entonces a la fecha se gana la vida "chineleando": como vendedora ambulante de cigarrillos y golosinas por las calles de la capital.

"No están tan buenas las ventas, están bajas" se queja doña Maritza, quien ha hecho de la parada que está frente a Ayre, en la carretera a Masaya, su principal puesto de operaciones "porque hay mucha gente que pasa por aquí rumbo a laborar". Media hora en bus le toma el trayecto diario desde su casa, en el Barrio Primavera. Sus utensilios de trabajo: la canasta con mercadería y mucha paciencia, también la prestancia para aguantar el sol, la lluvia y la falta de seguridad.
"Cada vez hay más inseguridad en las calles" se queja esta mujer de 47 años, al tiempo que reconoce que cada vez que hay marchas o manifestaciones en esta zona sus ventas caen en picada, "porque entonces la gente no transita, por el miedo".
"¿Sería eso una razón para prohibirlas, o todo el mundo debería poder marchar?" le pregunto. "Pues tal vez habría que prohibirlas, porque el desarrollo del país va para abajo" sugiere. Pero si le pregunto de quién son las calles, no duda: "Las calles son de la ciudadanía", me dice. Y se aleja para atender aun cliente ansioso por fumar.
Chester Antonio Robles, de 13 años, estudia en el colegio República de Alemania y vive en el Mercado Oriental. A eso de las cinco de la tarde, todos los días, camina desde ahí hasta la zona rosa de Managua cargando una gigantesca muñeca (una "Gigantona") y acompañado por cuatro amigos que conforman el resto de su comparsa: un "enano cabezón", dos tambores y el bombo.
A solicitud de los pasantes el grupo interrumpe de vez en cuando su camino para hacer bailar a "la hermosa dama", pero es sobre todo entre los bares y restaurantes de Reparto San Juan donde Chéster y sus amigos reviven esta vieja tradición a cambio de algo de plata.
Empezó en esto hace cinco años, cuando un vecino fue a "pedirlo prestado" para hacer el papel de enano. Y luego su papa compró una gigantona "para que saliéramos". En un buen día, Chéster y sus amigos hacen entre 300 o 400 córdobas. En un mal día, 100. Que tienen que ser repartidos entre los cinco. "Nunca he andado en eso" dice refiriéndose a la política.
"La noche es la dueña de la calle y de nosotros también", dice sonriendo Santos Torrez, quien, a bordo de su bicicleta y con un silbato en la mano patrulla las calles de la Colonia Nicarao después de la caída del sol.
Pero luego reflexiona y dice, "a veces la delincuencia quiere ser la dueña, y nuestro trabajo es evitarlo". Por su trabajo cobra 100 córdobas quincenales a los dueños de cada una de las viviendas que conforman su zona. No quiere decir cuántas casas tiene a su cargo, pero lleva tres años ejerciendo ese trabajo.
Lester Chinchilla, de 22 años, maneja un taxi blanco. Está consciente de la mala fama que tienen muchos taxistas, pero no cree que ellos sean "los dueños calle". "Los dueños de la calle son los buses, esos si no respetan nada. Ya luego le seguirían las motos y después nosotros" explica.

"Los taxistas somos los que conocemos mejor la ley de tránsito y a veces somos los más caballos, pero no todos" dice estudiante de Ingeniería en Sistemas, que ya lleva dos años como chofer del llamado "sistema de transporte selectivo", que no cree que las cosas vayan a cambiar mucho una vez que obtenga su título. "Lo veo como difícil (que deje de taxear cuando me gradúe), porque aquí uno se prepara para nada" dice.
Para Lester, el uso de la violencia para evitar que la oposición se manifieste en las calles lo único que evidencia es miedo por parte del partido de gobierno.
Doña Graciela Morales no quiere que le tome una foto en las que aparezca de frente. Le da miedo que su rostro sea reconocido por las pandillas del barrio 3-80, donde vive, y que éstos tomen represalias con sus hijos. Porque, según ella, aquí no hay duda acerca de quienes son los dueños de la calle:
"Las pandillas, los delincuentes que se dedican a robar. Aquí hay una pandilla que se llama Los Billareros" explica.
Según Morales, aunque en su barrio existen los Consejos del Poder Ciudadano que están supuestos a atender los problemas del barrio, estos se preocupan más por cuestiones políticas pero "no le ponen mente a las pandillas, ni ellos ni la Policía".
Esta mujer de 49 años cuenta que este barrio, que en el día se mira pacífico, cambia cuando se oculta el sol. "Entonces ellos hacen de las suyas. Yo tengo un ciber café y ellos esperan a los clientes para asaltarlos y eso nos perjudica a nosotros", se queja.
Carmen Ríos es la presidente de la Asociación Nicaragüense de Afectados y Afectadas por la Insuficiencia Renal Crónica, ANAIRC. Según Ríos, la asociación agrupa a un total de 400 personas, aunque en este momento sólo 120 permanecen en el campamento que desde el 9 de marzo de este año está instalado en las cercanías de la Catedral.
Durante ocho meses, de lunes a viernes, durante unos pocos minutos al día, los miembros de ANAIRC han hecho suyos parte de los 1,170 metros de calle que aproximadamente separan el campamento de la sede del Grupo Pellas, a quien estos campesinos responsabilizan por su condición médica. Son veinte minutos de ida, veinte minutos de vuelta y, en dependencia del sol, protestas de entre una y dos horas frente al edificio del grupo empresarial que mantiene que los señalamientos de ANAIRC carecen de base científica y son parte de una campaña de chantaje y difamación.

"Es gracias a que hemos ocupado las calles que la población se ha dado cuenta de nuestros problemas, porque los medios de comunicación están totalmente monopolizados por los señores Pellas" afirma Ríos. "Aunque también hay gente que cuando pasa nos grita 'vagos' y nos dice que nos pongamos a trabajar, sin reparar que en nuestra juventud nosotros le dimos todo a esos señores y fuimos, orgullosamente, parte importante de la economía del país" explica.
Hoy, mientras circulan con sus mantas y banderas por carretera a Masaya, de regreso a un campamento en el que sólo los esperan "unas champas de plástico, los peroles para cocinar, el plato y el vaso de cada quien, una hamaca, la ropita de la semana y los compañeros que se quedaron cuidando el lugar", nadie les grita nada, ni en contra ni a favor. Es como si después de ocho meses de caminatas y protestas ya fueran parte del paisaje, aunque Ríos siente que el diálogo podría estar cerca.
"¿Y sobre el derecho de los demás a protestar en las calles, qué opina?" le pregunto a la presidente de ANAIRC. "Que cada quien haga lo que quiera, pero que no nos perjudique a nosotros, que somos apolíticos" responde. "¿Y sobre la violencia como forma de lucha?" continúo. "No se que decirle, compañero. Cada quien piensa como quiere. Ni la condeno, ni la defiendo. Pero nuestra reivindicación es social".
Se llama Uriel, y es Sub-Oficial Mayor en la Policía Nacional. Prefiere no darme el apellido ni dejarse fotografiar "porque la otra vez un periodista me hizo una mala pasada que me metió en problemas con la jefatura" explica. Pero sí está dispuesto a contarme como es un día en la vida de un policía de tránsito:

"Yo paso en la calle de siete a ocho horas al día. Me asignan un área, y me toca levantar croquis de los accidentes que se dan en esa área; si hay colegios cerca, ir a cruzar los vehículos a la hora de entrada y salida a clases; también tengo que estar en ciertos puntos claves a horas determinadas, cuando el tráfico se pone complicado, y por supuesto hacer cumplir la Ley 431" explica.
Aunque tal vez debería decir simplemente "la ley": hoy temprano, por ejemplo, le tocó ayudar a atrapar a un sujeto que se había robado un celular.
Como la mayoría quienes de una forma u otra se tiene que ganar la vida en la calle, este policía también se queja de la lluvia y el sol. Aunque, en su caso, él también tiene que lidiar con el mal humor de algunos choferes a los que se ve obligado a detener. "La gente se pone enojada. No les gusta que uno los atrase" explica.
"¿Y no le toca nunca hacer trabajo de oficina?" le pregunto. "Es que para trabajar en la oficina hay que tener una carrera" explica. "Los que estamos en la calles somos nada más bachilleres o estamos estudiando". En su caso, por ejemplo, es la carrera de derecho. "Pero te voy a confesar que a mí me afecta estar encerrado, me aburre" me confiesa mientras sonríe.
"¿Y de quién son las calles?" le pregunto a quemarropa. "Las calles no tienen dueño" empieza, para luego de una carcajada apuntarme con un dedo acusador: "¡Ya sé qué querés vos, querés que hable de política!" se ríe. "No hermano, no me quiero meter en clavos. mejor lo dejamos ahí".
El texto constitucional no dice expresamente a quien pertenecen las calles, pero sí es muy claro con respecto a quién puede ser considerado "pueblo": en su artículo 27 establece que "todas las personas son iguales ante la ley y tiene derechos a igual protección. No habrá discriminación por motivo de nacimiento, nacionalidad, credo político, raza, sexo, idioma religión, opinión, origen, posición económica o condición social".
El artículo 20, por su parte, establece que "los nicaragüenses tienen derecho a expresar libremente su pensamiento en público o en privado, individual o colectivamente, en forma oral, escrita o por cualquier otro medio". Mientras que en el artículo 54 se reconoce "el derecho de concentración, manifestación y movilización pública de conformidad con la ley".
(Entrevistas y fotos: Arturo Wallace Salinas e Ismael López Ocampo)
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