Las fiestas de Santo Domingo traen consigo la algarabía de miles de devotos y no devotos. Diez días que no paran de bailar. Abunda el licor, la religiosidad, como si Managua en esos días tuviera un solo objetivo: gozar hasta donde las fuerzas alcancen. Yader Luna participó de esta celebración.
Cuando Rosa Hernández llegó caminando por la calle húmeda que va a las Iglesia de Las Sierritas, la mayor parte de los promesantes ya estaba bailando a la espera de la salida de Santo Domingo de Guzmán. Llevaba una sonrisa de oreja a oreja. Sus pasos, aunque alegres, eran lentos y cortos. A pesar de su edad, los ojos le brillaban como una niña. Estaba a punto de empezar la fiesta más bulliciosa del país y ella ya estaba en su puesto.
Eran las seis de la mañana del domingo primero de agosto, las nubes aún cubrían el cielo por completo y el sol empezaba a salir incómodamente para quemar la piel. Pero eso no iba a amargar el buen humor de esta señora. Miles de personas, sentadas en el suelo, en sillas de plástico o de pie, la iban a observar y vitorear a lo largo del recorrido de “Minguito”.

Rosa tiene 73 años. Llevaba un vestido rojo estampado, un sombrero con flores plásticas, y del cuello le colgaba collares de cuentas multicolor. Un grupo de ancianos y jóvenes la acompañan con atuendos similares. Este grupo de fiesteros se declaran fervientes seguidores de la diminuta imagen.
-¿Estás cansada?
Rosa no dejó que la niña-que después sé que es su bisnieta- respondiera. Moviendo las caderas y alzando las manos contesta en tono cantado: “¡No, no, no mi cielooo! Esto apenas está empezando, no hay nadie con más energía que nosotros”.
Me cuenta que en su comparsa de baile participan sus hijas, nietos, amigos y vecinos. Empezó con esta tradición familiar desde que tenía 13 años, cuando su mamá la llevaba a bailar.
“Desde entonces no he parado, ya mi señora madre no existe pero aquí sigo yo después de 60 años, bailándole al Santo”, dice orgullosa.

A escasos metros, en una desvencijada silla de ruedas, se encuentra doña Adelina Vásquez. Tiene 92 años. No puede caminar, menos bailar, pero nada detiene a la hora de “agradecer” los favores del “santito milagroso”, a como lo llama con tono maternal.
Lleva cinco operaciones a cuesta. Actualmente está recién operada de la vesícula pero eso no le impide mover los hombros con mucha energía y gracia.
“Es que hay que moverse con ganas”, explica guiñando un ojo con picardía.
En las fiestas de Santo Domingo abundan los contrastes insólitas: un hombre enmascarado con cara de zombie, una mujer cargando a un bebé completamente desnudo.

Faltan dos minutos para las nueve de la mañana y “Minguito” reposa en una base llena de flores anaranjadas adornada con mariposas que triplican su tamaño. Ya está en la Cruz del Paraíso, a punto de bajar por el sector de Galerías.
Según me confía el sacerdote de las Sierritas, Héctor Treminio, aunque la pequeña imagen mide menos de diez centímetros, la esfera en la que va incrustado pesa al menos cuarenta libras, y la base donde posa el Santo más el arco pesan unos ocho quintales.
Desde la noche anterior, cientos de feligreses y promesantes se congregaron en las afueras de Las Sierritas, para participar en la tradicional bajada de la imagen de Santo Domingo de Guzmán, el ritual que marca el inicio de las fiestas patronales más grandes de Nicaragua.
Este año, al igual que el anterior, la mayordoma fue la alcaldesa de Managua, Daysi Torres, quién le bailó al Santo y rezó aunque es evangélica.
Un cordón de seguridad con unos sesenta policías resguarda la imagen del “patrono” de Managua durante su recorrido. La imagen “bailó” durante una hora- como es tradición-antes de continuar su camino.
“Viva Managua”, repiten frenéticos desde los costados de la angosta calle. Una tradición que tiene más de un siglo en la vida de los capitalinos.
La euforia se desata y se contagia. Todos empiezan a bailar al son de la canción de turno.

Es apenas el inicio de la fiesta. Ya el sol es radiante y pica en la piel como hormigas rabiosas; pero eso no detiene la algarabía de los asistentes cuando el Santo va entrando a Managua.
Hay muchos tipos de promesantes que llegan todos los años a sumarse a la bulliciosa celebración.
Los hay como Ramcés Solís, que le “deben” la vida a Santo Domingo y tendrán que “pagar” la promesa durante toda su vida. Este pequeño viste de indio con piel de leopardo y trae todo el cuerpo pintado de rojo.
Cuando tenía apenas cuatro días de nacido le dio neumonía y su madre le pidió al Santo “milagroso” que lo sanara. Y aquí está a sus ocho años pagando su deuda con “Minguito”.

Igual le sucede a José David López que tiene trece de sus catorce años viniendo a bailar como chinegro. Él sufría de convulsiones y ahora viene a agradecer su sanación.
También los hay los que nacieron con esa “deuda” de por vida, solamente porque a sus padres se les ocurrió. Sin saber si serán o no devotos, ya sus padres los comprometieron.
Tal es el caso de Gerardo Céspedes que deseaba ser padre. Antes que naciera su hija le, pidió al pequeño Santo que “naciera bien”. Hoy su hija tiene un año de nacida y él viene a pagar la promesa; pero en unos años, ella también tendrá que venir a pagar la deuda que su progenitor contrajo por ella.

Casi lo mismo le sucede a Tiffany Zamora. Aunque ella no lo sabe exactamente, viene con la esperanza de que la pequeña imagen le conceda el milagro de sanar a su hermano mayor de doce años, quien sufre de hidrocefalia.
Y hay los que vienen a pedir el Santo por un favor específico, por una enfermedad repentina o cualquier cosa que se les ocurra. Así viene María José Pérez, cargando una réplica la imagen en su cabeza para que su madre se cure de una enfermedad en el hígado.

-¡Adiós marica!-grita un hombre bigotón.
La gente que se encuentra apretada en la acera grita a coro: -¡marica, marica, marica!
Quién recibe estos “elogios”, como le dice ella, era Barbara Mori, una morena de un metro noventa de estatura, de pelo rizado y figura voluminosa. Ella no se contoneaba ni pavoneaba como dos homosexuales que movían sus trasero en círculo a los que pasaban.
Ni como otros dos que brincaban y bailaban intentando acercarse a la imagen de Santo Domingo. Corpulenta como una todoterreno, Barbara Mori, tiene gestos acentuadamente femeninos pero un rostro marcadamente varonil. Su nombre le hace honor a una actriz mexicana.
“Date la vuelta reina”, le gritan unos amigos para que pose para la fotografía.
-No me importa que la gente me ame o critique- es lo primero que me dice con voz ronca pero con cierta entonación femenina. Y agrega que no está operada. La aclaratoria es una invitación a observarla detenidamente. Es verdad, “Barbie” como la llaman algunos exagera en voluptuosidad, pero el traje verde que viste esconde su pecho plano y sus manos no son precisamente muy femeninas.
Pero es la reina gay de los promesantes, al menos es la única vestida con traje típico que baila sin la menor timidez.
“El Santo no discrimina a nadie, Dios nos ama a todos”, me dice mientras se mueve con la música que viene de una vieja camioneta.

El traslado del Santo inició desde las seis de la mañana. A esa hora empezaron a sonar las campanas en medio del baile de los promesantes y los borrachos que recién se despertaban de la vigilia de la noche anterior.
“Dicen que el Santo de los bolos, pero es un santito milagroso aunque lo critiquen”, dice el padre José Luis Montoya vestido de chaqueta azulón, minutos después de cargar a “Minguito”.
Su perfil es de un rockero, cabello largo y que cubre sus ojos con unas gafas oscuras. Se une a la maraña de cargadores a bailar al Santo.
Un altercado entre los miembros del comité de cargadores de Las Sierritas y el de Managua se disipó antes de llegar a los golpes. Así de apasionados pueden llegar a ser los seguidores del fundador de la orden de los Dominicos.
El Santo “baila” con la música que le pongan. Desde rancheras, hasta canciones chinameras en versión chichero. No discrima nada.
Sucios, descalzos, olorosos, pintados de aceite negro o en trajes impecables; ricos y pobres se juntan en esta popular festividad. El Santo tampoco discrimina a las decenas de borrachos que quedan tendidos en las calles después de las fiestas.

Francisca Villalta Lezama, es mejor conocida como “La Chica Vaca”. Las arrugas le recorren toda su piel. Dicen que tiene 105 años, pero nadie sabe a ciencia cierta su edad. Es la devota de Santo Domingo más famosa. Ni las dolencias ni fracturas que ha sufrido la detienen a llegar a prestar su tradicional baile.
Aunque la llevan en silla de rueda dice que ella siempre ha andado en estos trotes, pues su mamá la llevaba desde que estaba pequeña a bailar “la vaca”.
Habla sola. Dice que estaba comiendo tortilla cuando ocurrió el terremoto de 1931 en Managua. Se muestra solícita ante los fieles que llegan a que bese o bendiga a sus hijos.
“Es toda una reliquia”, repiten los que se le acercan.
Las calles de Altamira se encontraban tan abarrotadas que caminar una cuadra requiere el doble de minutos que tomaría en un día normal y un largo baño de sudor. Sudor propio y ajeno; es imposible andar sin sentirse dentro de una ola de transpiraciones corporales.
Las botellas de aguardiente y las latas de cerveza corren sin parar de mano en mano, y los vendedores ambulantes con sus congeladores blancos ofrecen su mercancía como agua en el desierto: “¡cerveza, cerveza!

A Oscar Ruíz se le ve moverse incansable. Pero el sudor no se detiene en su rostro. De barriga prominente en cualquier día del año sería cualquier señor. Pero aquí es el Cacique Mayor de las fiestas de Santo Domingo.
Es otra de las leyendas entre los promesantes. De origen popular, se ganó su puesto a pulso. Ataviado con traje indígena baila incesante. Tiene 45 de sus 65 años bailándole a su patrono.

Santo Domingo llegó al fin a Managua con un poco de más de lo mismo. Bailes, algunos con su dosis de fervor, otros con su justificación para la borrachera. Guaro, pleitos, con tantas ventas ambulantes como se puede, música, borrachos que ven pasar al Santo tirados en las cunetas de las calles.
Temas como el alicate, el pozol con leche, el sobaqueado, cumbias zampuezanas, eran parte del repertorio de los marimberos y de las discomóviles ubicadas durante todo el recorrido de la procesión de “Minguito”.
La tradición es una herencia que generaciones anteriores han venido realizando desde 1884 y con este agosto, ya son 126 años los que este diminuto Santo ha paralizado a todo Managua y la ha hecho bailar.
Inició cuando un campesino de Las Sierritas encontró la imagen dentro de un hueco en un árbol de madero negro. Según cuentan, aunque el campesino --Vicente Aburto-- trasladó al Santo a Managua, en más de una ocasión la imagen regresó milagrosamente al mismo lugar donde fue encontrada, por lo que decidieron construir ahí un templo para poder venerarla.

La Policía Nacional se presentó a las celebraciones patronales de los capitalinos con 2 mil 500 oficiales y 120 medios de transporte. Registraron diez hechos delictivos, entre los que destacan un robo con intimidación, cuatro robos con fuerza, dos lesiones, un daño a la propiedad y dos hechos más en sitios adyacentes al recorrido de la imagen.
Las autoridades policiales detuvieron a 85 personas, de las cuales 22 cometieron delitos, 58 faltas penales y 5 infracciones a la Ley de Tránsito.
También logró ocupar cinco armas de fuego cortas, 12 armas blancas (cinco cuchillos, una verruguilla, una navaja, tres machetes, una bayoneta y un tubo metálico), un celular y tres anillos recuperados a víctimas de robo. Los números lo dicen todo.
Rosa Hernández asegura que al finalizar la fiesta “ya uno está cansadito pero con los ánimos arriba”. Hasta el año que viene.
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La otra parte de la fiesta

Alejado del fervor a Santo Domingo de Guzmán se celebra la Hípica de Managua. Transcurrió sin ningún percance. Salió a las 2:00 p.m. del Malecón de Managua y llegó como tenía previsto a las 7:00 p.m. en la entrada del Hotel Holiday Inn.
Eran más de mil 500 montados y centenares de personas salieron a verlos a las calles como una manera de distracción familiar. Se sientan en balcones privilegiados; o observan a pie tras las mallas, que la Policía coloca para seguridad. En lugar de figuras religiosas, lo que desfilan son jinetes montados en caballos de toda raza. Desde los briosos caballos peruanos y españoles, hasta uno que otro humilde “cholenco”. Algunos asistentes ni se dan cuenta del paso de los montados, concentrados en beber toda la cerveza posible.
Distintas empresas crearon zonas de entretenimiento. Desde las más populares, baratas hasta las más caras. Este año varias empresas crearon sus zonas hípicas. Así hubo Zona Hípica Claro, Toña, El Chinamo (creado solo para la fecha), entre otros.
Cuando uno recorre varios negocios instalados expresamente para esta celebración se da una idea que llegan en su mayoría jóvenes, pero también niños, señoras, ancianos. Incluso hay quienes van a la mañana a ver al Santo y luego se van “al bacanal”.
Aquí la fiesta patronal tiene marca, y la devoción mas fuerte es con la diversión.
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