Hoy es 15 de agosto y en Granada se celebran las antiguas fiestas de Xalteva en honor a la Virgen. Cientos de caballos y decenas de carrozas empresariales han congestionado sus principales calles. Es el hípico más popular y vistoso de Nicaragua. Y al menos una vez al año todos los managuas con orígenes granadinos regresan a su ciudad.

Acá se mezcla el local y el extranjero de paso, que con sus pantalones cortos y sus chinelas de gancho, no se muestran muy naturales a entender lo que pasa entre tanto blue jeans, sombreros y camisas a cuadros. Sus cámaras fotográficas no descansan y toman cerveza una tras otra.
Ellos tampoco entienden que es un día para “figurar”, para invitar a amigos, para encontrarse con el pasado y rememorar tiempos de “butaquear” en la acera, mostrando la antigua elegancia del vivir granadino; en sus casas, su Club Social, el Cocibolca Jockey Club, con esa vida de zapato blanco, de grandes sombreros sobrios y orgullosas alhajas de vieja herencia.
Me encuentro en una esquina del Parque Central, en la terraza del segundo piso de la casa de don Ernesto Chamorro, empresario y cónsul honorario del Reino de España. Es uno de los últimos caciques de esta ciudad. Desde hace 30 años abre sus puertas para celebrar estas fiestas.
Frente a mí, en la otra esquina, ostenta vacía, la mansión art nouveau de la familia Pellas, también sede consular honoraria de la República de Italia. Son los únicos que no han abierto, ellos prefieren “lucirse” en el mes de febrero para dar bienvenida al Festival Internacional de Poesía.
En los corredores de la casa de don Ernesto, me encuentro con decenas de personas que bailan al son de los chicheros. Acá está Miguel García-Herraiz, delegado cultural de la Embajada de España, con quien hablo sobre el revés que sufrió recientemente la cultura taurina en Cataluña.
A lo lejos, Azalia Avilés saluda a muchos y se auto-reverencia gritando: “¡Viva el Partido Conservador!”.
Alfredo Pellas, a sus 92 años, cuñado de don Ernesto, es saludado cordialmente por muchos otros… vaya bendición ascender a tales peldaños en el tiempo.
Los sexos se reúnen por aparte. En una rueda modesta con su whisky “black label” y caballo bayo –un equilibrio exquisito para vivir el mestizaje– don Ernesto tertulia con don Rodolfo Sandino, con los hermanos Ronald y Carlos “Calambre” Benard, “Quincho” Chamorro y “Nicho” Cuadra.
Acá si alguien no tiene apodo es una gran casualidad. Por regla general todos deben ostentar uno, sin distinción social y preferiblemente con musicalidad y bisilábico: Tito, Tuta, Ñonga, Chonga, Taya, Cañe, Cacho. Hay quienes necesitan más imagen: Catoche, Chocolate, La Picolina, La Marucha, Papa Q, El Conejo, Camisita o Chico Tripa.
Aunque sus apodos se manejan a flor de labios, no todos están vivos. En esta fiesta son conscientes que cada vez son menos. Algunos están indispuestos. No visitan ni desean ser visitados. Envejecen en sus casas, o ya las han dejado vacías con el rótulo “Se Vende”, que sus hijos han puesto o delegado a alguna empresa de Bienes y Raíces para repartirse equitativamente lo que un ideal comprador norteamericano esté dispuesto a pagar.
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“El conejo” nos enterrará a todos
En la zona sur de la ciudad, donde una vez sólo había potreros, se encuentra hoy el populoso asentamiento El Rosario. Ahí vive don José Esteban Dávila, mejor conocido en toda Granada como “El Conejo”.
Su oficio es siniestro. Ha sido el encargado de conducir por más de 30 años el coche fúnebre desde la casa de algún difunto al cementerio.
“He enterrado a un montón de gente”, me dice don José Esteban, mientras me muestra las portadas de los diarios de los funerales del poeta Pablo Antonio Cuadra, Lorenzo Guerrero y hasta al mismo Carlos Martínez Rivas. Con su frac pingüino y sombrero de copa, “El Conejo” está en todas las fotos.
Los entierros a coche halado por corceles es una práctica generalizada del granadino, sin distinción de clase social.
“A todos nos enterrará El Conejo”, dice don José Joaquín con una sonrisa de humor negro que lo lleva a tratar el asunto con seguridad.
Sin embargo, es optimista acerca del retorno de los granadinos a vivir nuevamente en su ciudad y sostiene: “De por sí, ya están volviendo a enterrarse, pero espero que un día lo hagan aún vivos para gozar de su ciudad.”
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