El empleo en Nicaragua es escaso. Y muchos trabajos no ofrecen condiciones dignas aunque existan normativas para garantizarlas. En este número analizamos el caso de una mina de cal en San Rafael del Sur.

San Rafael del Sur es un municipio de Managua ubicado a 47 kilómetros al occidente de la capital. La mayor fuente de empleo en este lugar son los hornos y las minas de cal ubicados a lo largo de la rivera del río Jesús.
Aquí existen 32 hornos y un aproximado entre 11 y 12 minas de cal. La explotación laboral es el pan de cada día de los mineros, quienes para llenar una camionada de piedra caliza invierten un día completo si trabajan en equipos de 3 o 4 personas.
El proceso continúa llevando las piedras de cal a los hornos donde son trituradas, quemadas, molidas y hechas polvillo para luego ser empacadas y comercializadas a 700 córdobas el quintal.
Lo insólito del proceso es que cada camionada de piedra caliza es pagada a los mineros entre 120 y 140 córdobas, es decir, 2 córdobas por cada saco.
Don Antonio Sánchez, o Toñito como todos le dicen, procreador de 5 hijas y abuelo de 18 nietos entre hombres y mujeres, dice haber sostenido a su familia trabajando en las minas, un oficio que comenzó siendo un adolescente de 14 años.
Hoy es un anciano de 67 y después de 53 años compartiendo su vida con las minas de cal, don Toñito no tiene más que reproches para sus patrones, pues dice trabajar en las «peores condiciones».
«Pues si, este trabajo es de animal, saque cuenta que hay que tragarse este solazo y quebrarse una camionada de esta mole», dice mientras señala las piedras.
«Todo para poder ganarse 50 o 60 pesos y hoy ¿qué son 50 pesos?», cuestiona, muy convencido de la realidad en la que vive.
Toñito, a sus 67 años, trabaja jornadas mayores a las doce horas, pues entra a las cinco de la mañana y sale entre las cinco y las seis de la tarde. «Aquí hay que trabajar haya sol o lluvia», agrega.
Una historia común
Así como don Toñito vive su desdicha laboral, otros mineros de San Rafael del Sur se unen en su clamor de tener al menos un seguro y atención médica, requisito que debe cumplir todo empleador acorde con el Código del Trabajo, como una remuneración más por el duro trabajo que realizan y de los peligros a los que se exponen.
«Nosotros no tenemos seguro, eso es mentira, nuestro seguro es el panteón de cada quien», argumenta Manuel Sánchez, trabajador de los hornos desde sus 12 años. Hoy tiene 37.
Y aunque estas esperanzas no fallecen, se ven imposibilitadas de tornarse realidad, pues los propietarios de las caleras, como Dayton Cerda, dicen no poder asegurar a «alguien que vienen a trabajar de vez en cuando».
Cerda añade «solo tienen seguro los que tienen ya mucho rato de trabajar».
Sin embargo, las leyes al respecto son claras. «Independientemente que no haya contrato el trabajador no pierde ninguno de sus derechos. El hecho es de que se demuestre que efectivamente él está trabajando para ese empleador», asegura Rosalía Prado, abogada e instructora legal de la Universidad Centroamericana (UCA).
«Algunas de las garantías mínimas seria por ejemplo que además el trabajador va a estar afiliado el régimen de seguridad social, tiene que existir por ejemplo un contrato, un seguro de vida para él y toda su familia», finaliza Prado.
Los riesgos a los que se enfrentan los trabajadores tanto en las minas como en los hornos de cal, son abrumadores. Para quemar una camionada de piedra caliza en los hornos se necesitan 3 días completos de manera ininterrumpida, a temperaturas bastante altas.
Esto es capaz de provocar diferentes enfermedades en la piel como irritaciones, aún a una distancia de 3 o 4 metros de distancia, según el doctor Engells Obando, especialista en medicina interna del Hospital Lenín Fonseca.
«El paciente los síntomas que viene presentando son dolores articulares crónicos, después de la exposición a altas temperaturas, se podrían asociar también a problemas articulares», asevera Obando, quien añade que los daños pueden llegar a ser irreversibles.
Según Toñito, ya han fallecido personas debido a que después de largas horas laborales y la exposición a altas temperaturas han tenido contacto con el agua, lo que les provoca la muerte o el deterioro paulatino de la salud.

¿Un delito moderno?
Para nadie es un secreto que Nicaragua se ubica, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), como uno de los países más pobres del mundo y debido a esta característica, los expertos en materia de trata de personas, afirman que este país se ha vuelto más vulnerable ante este delito.
El delito de trata de persona ha venido evolucionando, desde su nombre hasta los mecanismos que utilizan los tratantes para engañar a las víctimas. En los siglos XIX y XX se utilizaba el término «trata de blancas», pues eran precisamente las mujeres blancas las que eran comercializadas con fines de explotación sexual en los países africanos, asiáticos y árabes.
Irónicamente, las mujeres negras ya eran comercializadas incluso antes de esta época, pero la concepción preponderante de «humanidad» vigente prevenía que estos delitos fueran vistos como crímenes contra otros seres humanos.
En la actualidad este sistema ha sufrido cambios, ahora, no solo se habla de la compra y venta de mujeres, sino también de niños, niñas y adolescentes, así como hombres adultos que son obligados a prostituirse y en el mayor de los casos a explotarlos laboralmente.
La trata de personas es el tercer negocio más lucrativo para la delincuencia organizada a escala mundial -sólo superado por el tráfico de drogas y el de armas-, y produce ganancias anuales por unos 9 500 millones de dólares.
De acuerdo con cifras de la ONU, al menos 27 millones de personas en todo el mundo han sido víctimas de explotación laboral, sexual o comercial en los últimos 25 años.
Hasta hace muy poco se ha comenzado a considerar la explotación laboral como una forma más de trata, teniendo en cuenta que el concepto básico sobre trata es «la captación, transporte, traslado, acogida o recepción de personas, recurriendo a amenazas o uso de las fuerza u otra forma de rapto, engaño, fraude, abuso del poder o situaciones de vulnerabilidad con fines de explotación».
¿Trata o esclavitud?
La trata de personas es el comercio ilegal de personas con propósitos de esclavitud reproductiva, explotación sexual, trabajos forzados, retirada de órganos, o cualquier forma moderna de esclavitud.
Es un delito internacional de lesa humanidad y viola los derechos humanos, también se lo demonina la esclavitud del siglo XXI.
Al respecto, la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacionales define la trata de personas del siguiente modo:
En el caso de los minas de cal de San Rafael del Sur no se discute que es un caso de explotación laboral. Sin embargo, no se puede obviar que tiene ciertos elementos de trata de personas.
Los elementos comunes con la trata de personas son: el abuso de poder y trabajo en condiciones infrahumanas.
En el particular, los mineros en San Rafael del Sur temen un despido inmediato si alguno se atreve a exigir sus derechos como trabajadores, háblese de prestaciones sociales o condiciones laborales. El «patrón» reconoce el temor y lo usará cuando sea necesario para minimizar el problema entre los obreros. La demostración de poder sobrepasa los límites.
La seguridad en las labores diarias de este grupo no parece ser la prioridad sobre las demás exigencias. Los trabajos en hornos o bajo el sol expone a estas personas a variaciones de temperaturas extremas, las cuales repercuten físicamente con el paso de los años.
Si bien los obreros aseguran las visitas de distintas autoridades encargadas de asegurar dichas garantías el caso continua sin solución y esas personas laboran aún de manera insegura. Es su realidad.
Piden mejores condiciones
Toñito, considera necesario utilizar equipo de protección para cumplir con el trabajo pero afirma que los «patrones» no cumplen con los reglamentos establecidos en el Código del Trabajo y la Ley General de Higiene y Seguridad del Trabajo (Ley 618).
Esta última dice textualmente en su artículo primero: «La presente ley es de orden público, tiene por objeto establecer el conjunto de disposiciones mínimas que, en materia de higiene y seguridad del trabajo, el Estado, los empleadores y los trabajadores deberán desarrollar en los centros de trabajo, mediante la promoción, intervención, vigilancia y establecimiento de acciones para proteger a los trabajadores en el desempeño de sus labores».
«Asunto de quema te quita la vida, desvelo y todo, sacar arenón, tragás un monto de cal, no te dan mascarillas, no te dan nada… murió hace unos bastantes años un Jesús Gutiérrez, murió porque le descubrieron los médicos que tenia una capa de cal en los sesos y tenia capa de cal en los pulmones», afirma Toñito.
Según Dayton Cerda, ellos le proveen a sus trabajadores el equipo necesario, «lo que pasa es que a ellos no les gusta usarlos y no podemos andar detrás de ellos».
El artículo 233 de la Ley 618 establece que: «Todo obrero que labore en una mina a cielo abierto debe recibir previamente las instrucciones y la formación necesaria, por parte del empleador, para realizar el trabajo de manera competente y en condiciones de seguridad».
«Aquí estamos a la voluntad de Dios, pero fíjese que nunca ha pasado un accidente en 70 años de quemar hornos», agrega José Gutierrez, dueño de minas y hornos de cal en San Rafael del Sur.
Sin embargo Bayardo Sánchez, de 48 años y trabajador de estas caleras en San Rafael del Sur asegura lo contrario. «Se oyen en años atrás que ya fallecieron unos, allí donde estoy trabajando yo ahorita».
Luego comenta que el problema es que no tienen seguro para reclamar.
A pesar de algunas visitas del Ministerio del Trabajo (Mitrab) a las minas y hornos de este municipio, no ha cambiado en nada la situación de explotación, según Manuel Sánchez.
«Aquí han venido, solo preguntan por los dueños (de las caleras) y como cuando han venido no están, se van y no regresan», señala Sánchez.
Se intentó conocer la versión de las autoridades del Mitrab, pero a pesar de las reiteradas llamadas que se hicieron nunca dieron una respuesta positiva, adujeron que la Ministra Janeth Chávez «se encontraba en reunión».

Son explotados
Don Toñito espera una respuesta a sus demandas de tener un salario digno y que respeten sus derechos como trabajador, puesto que ni los domingos hay descanso para este señor y los otros trabajadores.
«Pues como yo tengo muchos años de trabajarle le he pedido al patrón que me de mis vacaciones y me aumente el salario, pero el dice que no puede por que las ventas están malas y aquí se hace lo que dice el patrón, porque él es el que manda y el resto [de trabajadores] no dicen nada por que les da miedo que los corra», menciona Toñito.
Según Dayton Cerda, dueño de la calera Los Cerdas, ellos venden «en promedio 62 mil quintales de cal a las camaroneras semestralmente».
Don Toñito continua con la esperanza que su «esclavitud» -como el mismo le llama a su trabajo en la calera-, mejore.
«Yo ya estoy viejo y lo único que le pido a Dios es que no me quite la vida, para no dejar a mis nietos chiquitos… y poder seguir ayudando en lo que pueda» añade con un rostro ya agotado por una jornada laboral intensa.
Y a medida que cae la tarde y el sol que a medio día lo sofocó, toma sus herramientas para irse a casa y esperar el siguiente día para hacer lo mismo que siempre ha hecho durante un poco más de medio siglo: trabajar en las minas de cal mientras espera el fin de sus días. Ojalá en mejores condiciones en un futuro cercano.
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